martes, 19 de febrero de 2008

María San Gil en Santiago

por Miguel Angel Quintanilla*
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En una nota en la que reflexionaba sobre los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, el profesor Iván Llamazares citó la frase que un judío pronunciaba acerca de la brutalidad de los nazis en una película sobre el Holocausto: «Jamás nos perdonarán lo que nos han hecho»

La frase puede no mostrar un sentido evidente e incluso mover al lector a sospechar algún error en la redacción, pero no lo hay. No quiere decir «jamás les perdonaremos lo que nos han hecho», sino «jamás nos perdonarán lo que nos han hecho».

La violencia extrema y gratuita ejercida sobre otra persona sitúa a quien la emplea ante la necesidad de «teorizar» sobre la naturaleza de la víctima, de manera que en última instancia sea ella, la víctima, la verdadera causante de su martirio. La víctima no sólo merece lo que le pasa, sino que es culpable de haber obligado al victimario a actuar como lo ha hecho. Ha sacado a la luz lo peor que su verdugo llevaba dentro, y eso es imperdonable.

Que uno se descubra a sí mismo gaseando gente no debe de ser fácil de asimilar, salvo que la gente no sea realmente gente, sino algo de naturaleza tan abyecta que exterminarlo constituya casi una obligación moral. Algo de esencia tan perversa que se las ha ingeniado para transformar a un apacible hombre de bien en un asesino en masa que ya nunca podrá recuperar su vida anterior. Hay que ser muy malvado para poder obrar esa mutación, para echar a perder a quien sólo albergaba ideales nobles y aspiraciones limpias y sin embargo ha aceptado la ingrata tarea de librar a la patria de sus peores enemigos, esos que se hacen pasar por víctimas. Es imperdonable.

En el preciso instante en que la bala fue percutida sobre el cráneo inmóvil de Miguel Angel Blanco todos cuantos habían aplaudido, aprobado, sostenido, comprendido o tolerado a ETA, decidieron que lo de ese chaval de Ermua era imperdonable. El suyo era un acto de manipulación indecente. No era posible que realmente las cosas fueran como parecían, no era posible que simplemente una banda de delincuentes hubiera secuestrado a un muchacho indefenso que había sido elegido como concejal de su pueblo por personas que libremente habían decidido darle su voto. No era posible que sencillamente se hubiera decidido atarlo, arrodillarlo y pegarle dos tiros porque sí.

Si las cosas eran lo que parecían ser, entonces Miguel Angel Blanco había revelado la auténtica naturaleza de ETA y de cuantos habían elegido comprenderla, había refutado todas sus coartadas y había mostrado su auténtico fondo. Había arruinado toda una ideología y asestado un golpe casi definitivo a la biografía de tantos y tantos gudaris que habían entregado su vida a la patria, o que aguardaban en prisión la visita de sus familiares. ¿ETA sólo era eso? ¿Para eso tanto sacrificio? Imposible.

Más aún, había demostrado que en el Partido Popular militaban personas ejemplares y valientes, capaces de asumir riesgos ciertos sobre su integridad personal. Y su familia había confirmado con su coraje que el Gobierno hacía lo correcto al no someterse al chantaje. En apenas unas horas resultó que el secuestro y el asesinato de Miguel Angel Blanco estableció sin dudas algo aterrador para ETA y sus cercanos: España era verdad, existía y era básicamente lo que la Constitución decía. Y esa revelación se había obrado en la persona de un muchacho.

¿Cómo iban a ser Gregorio Ordóñez o Miguel Angel Blanco simples víctimas? Ellos, en el fondo, no sólo eran culpables de su muerte, sino que también eran culpables de haber hecho de sus verdugos unos asesinos. Otra cosa era inaceptable, y por eso jamás les perdonarán lo que les hicieron. Porque en el fondo saben que lo que les hicieron fue nada menos que asesinarlos careciendo por completo de culpa, víctimas y nada más. A ellos y a tantos otros. Y al hacerlo los transformaron en ejemplos capaces de acreditar sin error posible la naturaleza de sus verdugos.
No perdonarán a un Gobierno al que obligaron a demostrar la fortaleza del Estado de Derecho, al que dieron la oportunidad de negarse a ser un bando equivalente al terrorista y la aprovechó; un Gobierno que fue capaz de encarnar la dignidad de la nación y de mostrar la superioridad moral y táctica del bien sobre el mal y de España como idea política que realmente inspira leyes y merece sacrificios sobre el mito nacionalista.

Lo que no se soporta del PP no es sólo que estuviera a punto de derrotar a ETA, sino también, y principalmente, que lo hiciera sin quebrar la ley, que no se pueda decir de él que es «como nosotros pero en el otro bando». La derrota de ETA a manos de la ley española no es sólo una derrota, es una impugnación de todo cuanto ETA ha dicho o pensado sobre España a lo largo de su historia. No sólo sería una victoria sino también un argumento decisivo. Por eso no da igual cómo se termina con ETA.

Este es, en el fondo, el origen del inquebrantable empeño negociador del Gobierno de Zapatero, la percepción de que derrotar a ETA mediante la ley significa acreditar la realidad y el acierto de la España constitucional, en la que el Gobierno no cree del todo porque ha permitido que el PP gane elecciones, lo que le resulta inexplicable y manifiesta -dice- algún vicio en el sistema. Lo que el Gobierno ha hecho al negociar con ETA de la manera en que ha reconocido haberlo hecho no sólo ha sido dignificar a ETA y a quienes la amparan, sino negar la ejemplaridad de las víctimas, negar su naturaleza estrictamente inocente y negar así toda una idea de España y de quienes han perdido su vida por ella.

La furia de la agresión padecida por María San Gil en la Facultad de Económicas de la Universidad de Santiago de Compostela es una expresión más del hecho político más grave que ha tenido lugar durante los últimos años en España: la extensión y el fortalecimiento de la violencia política contra quienes defienden la Constitución de 1978 y cuanto ella expresa. Esa furia tiene un origen: nunca perdonarán a María lo que le han hecho. Quienes han gritado a María San Gil que deseaban su asesinato han mostrado tres cosas: que saben que Gregorio Ordóñez era inocente, que no le han perdonado que lo fuera y que San Gil da testimonio de todo ello.

*Miguel Angel Quintanilla Navarro es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Murcia.

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